Mi bebé y yo

¿La inteligencia se hereda?

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Según los últimos estudios, los genes ejercen cierta influencia en la inteligencia del niño, aunque en el desarrollo de su inteligencia el ambiente es fundamental.

​Seguramente, muchos padres se preguntarán: "¿La inteligencia se hereda?". Durante mucho tiempo, se ha creído que sólo la herencia genética determinaba el número de conexiones entre las células del cerebro. Sin embargo, en la actualidad, se ha probado que su desarrollo depende, sobre todo, del ambiente.

Cuando el niño está situado en un ambiente rico en estímulos, sonidos, colores, juegos, sabores, olores, mimos y emociones, el cerebro se desarrolla multiplicando la red de las dendritas, que conecta las células entre ellas.

Es indudable que los genes ejercen una cierta influencia, pero, como explica el psicólogo israelí, Reuven Feuerstein, famoso por haber demostrado que la inteligencia se puede enseñar: “Los cromosomas no tienen la última palabra”.

Estudios recientes han demostrado que el cerebro está compuesto por cerca de trece mil millones de células, llamadas neuronas. Cada una de ellas tiene dos prolongaciones: los axones, que conectan el cerebro con las diferentes partes del cuerpo, y las dendritas, que conectan las células cerebrales, o neuronas, entre ellas. Esta compleja interacción entre naturaleza y ambiente se muestra con gran claridad en las actividades propiamente humanas, como hablar, leer y escribir. Nadie nace sabiendo castellano, por ejemplo; es necesario, aprenderlo, y esto cambia al cerebro de forma definitiva.

Aun teniendo en cuenta las debidas diferencias entre los hombres y los animales, las investigaciones de laboratorio confirman el papel indispensable del ambiente en el desarrollo de la inteligencia del bebé. Un grupo de ratones fueron inducidos a encontrar comida a través de un laberinto. Según los errores que cometían, se clasificaban en ratones inteligentes y ratones “tontos”. A través de varios cruces, después de siete generaciones, se consiguió obtener dos grupos bien diferenciados: el de los ratones muy inteligentes y el de los ratones muy tontos. El menos dotado de los ratones inteligentes conseguía encontrar el camino del laberinto mucho más rápido que el más listo del grupo de los tontos.

A continuación, grupos mixtos de hijos de los ratones inteligentes y de los ratones tontos fueron entrenados en laberintos con características opuestas: uno estimulante, con espejos, rampas y ruedas de colores, y el otro gris y uniforme como una prisión. Resultado: ratones listos y ratones tontos obtuvieron resultados equivalentes. La diferencia sólo dependía del ambiente: eran más listos, al margen de las diferencias genéticas, los que actuaban en el laberinto estimulante.

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