Mi bebé y yo

Embarazo: así cambia la barriga

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La forma del vientre y la del útero, la línea alba, la reversión del ombligo… Todo lo que debes saber para no verte afectada por pequeñas ansiedades, rumores u opiniones.  

 Desde el momento de la concepción, el útero, el órgano destinado a recibir, proteger y nutrir al bebé no nato durante nueve meses, empieza una lenta pero increíble transformación: en el intervalo de 37-40 semanas pasa de un peso de alrededor de 50-60 gramos a uno de 1.000-1.500 gramos; y partiendo de un tamaño de 6-7 centímetros, llega a medir unos 35 cm de altura por 25 centímetros de largo por 20 cm de profundidad. En otras palabras, al principio tiene unas dimensiones de una pera, en la semana 10 habrá alcanzado el tamaño de un pomelo ¡y al término del embarazo será tan grande como una pequeña sandía!

¿Redonda o de punta?

Los números no mienten: durante el embarazo, el crecimiento del útero tiene lugar con una progresión similar en todas las mujeres. En el tercer mes, el órgano habrá alcanzado un largo de 10 cm; en el sexto mes, de 22 cm; mientras que al final de la gestación llegará a la nada despreciable extensión de 35 cm. Sin embargo, la visibilidad externa de la barriga es muy diferente: lo suficiente como para desencadenar las inevitables comparaciones con las barrigas de otras mujeres embarazadas. La tradición popular, además, indica que de la forma de la barriga se puede deducir el sexo del bebé: si es “redondo”, nacerá una niña; si es alargado o de punta, será un niño. Naturalmente, no hay nada científico en esta teoría. La forma del vientre materno depende sobre todo de la forma del vientre y de la forma del cuerpo de la mujer en general. Además, entra en juego también un efecto óptico, según el cual la barriga parecerá más grande en una mujer delgada o baja que en una mujer alta o con sobrepeso. 

A medida que progresa el embarazo, la barriga será más o menos evidente también según la elasticidad muscular de la futura mamá: cuanto más tonificados estén los abdominales, más capaces serán de contrastar la presión del útero, por lo que la barriga se verá menos. Si, en cambio, los abdominales ya han sido sometidos a anteriores embarazos, la barriga tenderá a verse antes y a parecer más grande. Finalmente, la forma de la barriga depende también de la distribución de la grasa. En una mujer con sobrepeso la barriga se notará menos en los primeros meses, mientras que al final del embarazo parecerá una barriga enorme.

Una extraña línea oscura: la línea alba

Los músculos rectos abdominales están divididos en dos por una línea de fibras blancas llamada línea alba. Durante el embarazo, por la acción de las hormonas estrógeno, que estimulan la producción de melanina, la piel de este área puede “colorearse”, haciendo emerger una línea marrón desde el pubis hasta el ombligo y, a veces, incluso hasta la parte exterior del esternón. Es la llamada línea negra, también llamada “alba”, y su aparición depende del color de la piel. En las mujeres de piel oscura se presenta más precozmente, hacia el quinto o el sexto mes; en otras futuras mamás aparece en las últimas tres semanas, mientras que en otras no aparece nunca.

Después del parto, la línea negra tiende a aclararse hasta desaparecer por completo en el intervalo de varios meses, aunque en algunas mujeres esta “desaparición” se produce a lo largo de un año.  

Ahora el ombligo se hace “plano”

Incluso el ombligo cambia su aspecto. Cuando el fondo uterino llega a la altura del ombligo, la presión del útero estira la piel y el ombligo tiende a encogerse más y más hasta aplanarse completamente. La retroversión del ombligo es un fenómeno fisiológico y en absoluto doloroso, reversible después del parto, incluso si después del embarazo el ombligo se queda más relajado. En algunos raros casos la zona se hace muy sensible, tanto que a algunas mujeres puede provocarles molestias o un leve dolor que les toquen el ombligo. 

Un metro para medirla

Para seguir el crecimiento del útero y evaluar el desarrollo y el bienestar del pequeño, sin embargo, son necesarias medidas objetivas. Incluso sin recurrir a la ecografía, a partir de la semana 16 de la gestación, el ginecólogo o la obstetra consiguen, durante el control mensual de rutina, calcular el tamaño del órgano apoyando sobre el abdomen una cinta métrica, parecida a la de un sastre. Utilizando simplemente las manos y la cinta métrica, el especialista mide la altura del fondo uterino, es decir, la distancia que separa la parte más alta del útero de la sínfisis púbica. El fondo uterino debe medir aproximadamente lo mismo que la edad gestacional en semanas. Dicho esto, una barriga demasiado grande o demasiado pequeña puede ser perfectamente normal, o, por el contrario, ser síntoma de complicaciones. Le corresponderá al ginecólogo o la obstetra valorar si la situación merece un análisis más en profundidad. Por ejemplo, una barriga demasiado grande puede llevar a sospechar de polihidramnios, es decir, una cantidad demasiado elevada de líquido amniótico, que puede ser debida a problemas del feto, diabetes gestacional o a un problema de la mamá, y que puede tener repercusiones en el bienestar del bebé. Una barriga demasiado pequeña, en cambio, puede ser debida a un defecto de crecimiento intrauterino, a causa de, por ejemplo, una gestosis o de problemas de placenta.

El fondo uterino “sube” en altura hasta la semana 38 del embarazo, llegando a pocos centímetros de distancia del diafragma. Alrededor de la semana 25, el fondo será palpable a la altura del ombligo mientras que en la semana 38 estará 2 centímetros por debajo del diafragma y en la semana 40 descenderá unos centímetros. ¿A qué es debido este descenso? La barriga “desciende” cuando el bebé empieza a empujar hacia la pelvis, pero en esto también cuentan la forma de la mamá y la del mismo bebé. Una mujer de un metro sesenta que espere un bebé de 3 kilos, le faltará la respiración y la barriga parecerá muy alta, al contrario, un bebé de 3 kg no provocará ninguna molestia en una mujer de metro ochenta, y la barriga parecerá más baja.

Considerando lo anterior, es imposible, por lo tanto, valorar el crecimiento y el bienestar del pequeño con una simple mirada a las dimensiones de la barriga. Y comparar con las barrigas de otras mujeres embarazadas o escuchar las observaciones de amigos y conocidos no especialistas es inútil, e incluso contraproducente, porque puede generar dudas y ansiedades injustificadas.

Pruebas generales para el parto

Al final de embarazo, las paredes del útero están tan estiradas que se adaptan a la forma del cuerpo del bebé. Además, aumenta su capacidad de contracción y, por lo tanto, es posible que la futura mamá note leves espasmos, esporádicos y no dolorosos, similares a calambres: son las contracciones de Braxton-Hicks. Cada mujer las percibe de manera distinta. Algunas las notan a partir de la semana 30 del embarazo; otras, en cambio, sólo durante las últimas dos semanas. Algunas las sienten de forma insistente, otras las perciben sólo como una pequeña tensión. Se trata de un fenómeno completamente fisiológico y normalmente es suficiente con algunos minutos de reposo para que la sensación desagradable se atenúe.

Sin embargo, si las contracciones se hacen muy fuertes es mejor dirigirse al ginecólogo. Si no son patológicas, sólo “insistentes”, el médico receta magnesio o un exudado vaginal para controlar la flora bacteriana presente. Lo importante es distinguirlas de las contracciones precoces, capaces de dar inicio a un parto prematuro. Para establecerlo, el médico examina el cuello del útero y decide si es adecuando intervenir de inmediato o dejar que el embarazo proceda.

Muy diferentes y fácilmente reconocibles son las contracciones de la fase prodrómica, que marcan el inicio del trabajo de parto, a partir de varias horas o varios días antes del nacimiento del bebé.

Esos “mordiscos” durante la lactancia

Después del parto, es posible que la nueva mamá todavía sienta contracciones. Son los llamados mordiscos uterinos, percibidos más fácilmente por las mujeres que ya han parido, que se notan sobre todo cuando el pequeño mama, ya que la producción de hormonas responsables de estas contracciones, la oxitocina, viene estimulada por la succión del neonato. Se trata de un fenómeno normal, que contribuye a devolver al útero a su dimensión original y que está destinado a atenuarse pocos días después del nacimiento del bebé.

Pequeñas molestias transitorias

Mes tras mes, el crecimiento del útero provoca el desplazamiento de los otros órganos que contiene el abdomen, que se adaptan a la nueva configuración moviéndose sin problemas de su ubicación original. La compresión causada por la presencia del bebé, junto con la acción que llevan a cabo las hormonas en los mecanismos de la peristalsis puede, sin embargo, causar algunas molestias, como estreñimiento o acidez de estómago.

Hacia el final del embarazo, cuando el feto empieza a presionar sobre la pelvis, la aumentada presión del bebé se hará notar sobre todo en los huesos de la pelvis, provocando dolores en el pubis o en la espalda, que pueden ser aliviados con una visita al osteópata.

Los 40 días de puerperio

Después de la expulsión de la placenta, las paredes del útero vuelven a relajarse: así empieza el puerperio, unos cuarenta días durante los cuales el aparato genital vuelve a su forma anterior al embarazo, aunque el canal cervical no volverá a estar como antes, sino un poco más sutil. El útero vuelve a sus dimensiones originales de 6-7 centímetros en seis semanas, mientras que el cuello del útero se vuelve a cerrar ya unas horas después del parto. Al final del puerperio, especialmente si la mujer no da el pecho, tendrá lugar la vuelta de la menstruación.

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