Mi bebé y yo

El líquido amniótico, una cuna de agua

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Además de proteger al bebé de posibles golpes e infecciones, el líquido amniótico es el ambiente ideal para garantizar el correcto desarrollo del bebé y para prepararlo para la vida fuera del útero.

Permite que el bebé se mueva libremente durante los nueve meses, le da calor y atenúa los posibles golpes: es el líquido amniótico, que rodea el bebé durante su vida intrauterina, y que desarrolla un papel muy importante para garantizar su crecimiento y su bienestar.

El líquido amniótico está compuesto en su gran mayoría de agua, sales minerales, lípidos y proteínas. Al principio del embarazo, es producido por la placenta y las membranas que recubren las paredes uterinas, pero, a partir del segundo trimestre, está formado, sobre todo, por la orina del bebé. Sin embargo, se trata de una orina distinta de la de los adultos, mucho más parecida al plasma, el componente líquido de la sangre.

En el saco amniótico, se produce un continuo recambio de agua. El bebé bebe el líquido y lo digiere, su intestino lo absorbe y, cuando entra en circulación, se intercambia con el líquido materno; otra parte es filtrada por los riñones del feto, que vuelven a introducirlo en el saco amniótico.

Una ayuda para su crecimiento

El líquido amniótico tiene una función mecánica: reduce los ruidos exteriores, que llegan muy atenuados al feto, mantiene la temperatura estable y amortigua posibles traumas. También es útil para el desarrollo del aparato digestivo: el bebé ingiere el líquido por la boca y lo digiere; después, el fluido llega al intestino, donde empieza a ser absorbido; las sustancias que no pueden digerirse  (los productos de la descamación de la piel y de las mucosas) empiezan a acumularse formando, poco a poco, el meconio (las primeras heces que el bebé expulsará al nacer).

Otra función importante es permitir el desarrollo del aparato respiratorio. En el útero, el bebé tiene movimientos respiratorios periódicos de los músculos del tórax y del diafragma: inhala el líquido a través de la nariz, la presión empuja los alvéolos y los hace dilatar como si el pequeño respirara. Finalmente, en el momento del parto, el líquido es reabsorbido por los alvéolos y, en parte, expulsado de los pulmones: el bebé se prepara, de esta forma, para su primera respiración.

La justa cantidad

La cantidad de líquido amniótico aumenta hasta el sexto-séptimo mes de embarazo; después se mantiene constante, hasta disminuir en las últimas semanas con el crecimiento del feto.

Para que desarrolle su función, es importante que, durante el embarazo, haya siempre una cantidad adecuada de líquido amniótico. ¿Cómo podemos averiguarlo? Durante los controles de rutina, el ginecólogo evalúa, en primer lugar, la dimensión de la barriga y, poniendo una mano encima del útero, comprueba que el feto pueda moverse libremente. Si tiene alguna duda, hace una ecografía para medir el ILA (Índice de Líquido Amniótico): subdivide el útero en cuatro cuadrantes ideales y mide, en cada una de las partes, el índice que corresponde al espesor mayor de la sustancia líquida. Finalmente, suma los cuatro resultados y los contrasta con los valores de referencia.

Oligohidramnios: cuando hay poco líquido

Una cantidad de líquido inferior a la norma (en medicina, se habla de oligohidramnios) puede tener distintas causas:

- Puede depender de una ingesta reducida de líquidos por parte de la mamá, que se compensa fácilmente bebiendo mucha agua.

- Puede ser causa del mal funcionamiento de la placenta, que no permite que el bebé reciba alimentación y líquidos suficientes, provocando una disminución del crecimiento fetal.

- Puede estar provocada por una malformación de los riñones del bebé o por una obstrucción de la vejiga, que comporta que el bebé no pueda producir orina.

- También la ruptura de las membranas amniocoriales puede provocar pérdidas de líquido, pero, en este caso, la mamá se dará cuenta y el médico sólo deberá confirmar el diagnóstico.

Dependiendo del origen del problema, el médico decide cómo intervenir y, en el caso de que haya un retraso de crecimiento, se puede contemplar la posibilidd de inducir el parto.

Si se sospecha una posible patología de malformación y la ausencia de líquido no permite hacer un diagnóstico a través de una ecografía, se puede recurrir a la amnioinfusión, una técnica que permite inyectar suero fisiológico en el saco amniótico: el fluido facilita el paso de los ultrasonidos y permite hacer un diagnóstico fiable.

Polihidramnios: cuando hay mucho líquido

También cuando la cantidad de líquido es superior a la norma (polihidramnios), ha de considerarse una situación anómala. Esta eventualidad se debe, en primer lugar, a la aparición de diabetes gestacional, que provoca una mayor ingesta de azúcares en el feto y una mayor producción de orina.

El polihidramnios también puede ser síntoma de patologías del tracto gastrointestinal del bebé, que no consigue deglutir el líquido que, de esta forma, se acumula en exceso. También en este caso, hay que hacerse exámenes para comprobar las causas y después decidir cómo actuar y si inducir el parto. En algunos casos, puede ser oportuno efectuar una amnioreducción, es decir, la aspiración del líquido en exceso con una aguja (mediante un procedimiento parecido a la amniocentesis), con el fin de evitar una dilatación excesiva del útero: tratándose de un músculo, podría contraerse y comenzar el trabajo de parto antes del momento oportuno.

Si se rompen las membranas

Al final del embarazo, el saco amniótico acaba su función y se rompe, dejando salir el líquido. En la mayoría de los casos, esto ocurre cuando el trabajo de parto ya ha empezado, es decir, cuando la dilatación del cuello del útero ya ha alcanzado los 7-9 cm. En algunas mujeres, sin embargo, el saco se rompe antes de que lleguen las contracciones: en casos como éste, es oportuno acudir al hospital lo antes posible, tanto porque las contracciones empezarán pronto como porque, antes de que pasen 12-18 horas de la rotura del saco, es necesario tomar un antibiótico. De hecho, cuando las membranas se rompen, el ambiente uterino ya no está protegido, y hay que evitar que los posibles gérmenes de la vagina suban hasta el útero y causen compresiones u oclusiones del cordón umbilical: por este motivo, en los partos fisiológicos, es mejor respetar la naturaleza y evitar romper artificialmente las membranas para “ir más rápido”.

¿Qué es la “tinción”?

Normalmente, el líquido amniótico es transparente y amarillento, a veces, un poco rosado, a causa de una posible pérdida de sangre debida a la ruptura de las membranas . En algunos casos, el fluido puede aparecer de color verdoso: es una señal de que el bebé ha expulsado un poco de meconio, pero esto no representa necesariamente un problema. Según estudios recientes, si el feto se encuentra en situación de estrés, puede relajar los esfínteres y dejar salir una pequeña cantidad de producto intestinal, aunque esto no siempre indica que haya sufrimiento fetal. A veces, el fenómeno puede deberse, simplemente, a una inocua y temporal compresión del cordón umbilical. Además, si el bebé ingiere un poco de meconio, le será aspirado con una sonda al nacer para liberar las vías respiratorias.

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