Mi bebé y yo

¿Y si lo envicio? Lo que es útil saber incluso antes de que nazca el bebé

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El deseo instintivo de proteger al bebé, que empuja a las mamás a intervenir cuando el pequeño llora, es un mecanismo desarrollado por la naturaleza para responder a las necesidades primarias del neonato. Pero ¿cuáles son estas necesidades? Se explican en un libro.

El amor, los mimos y la ternura ayudan a los niños a crecer seguros de sí mismos y convertirse en unos adultos más serenos. Estudios e investigaciones lo demuestran y dan la razón a las mamás o, mejor dicho, a lo que las mamás “sienten” cuando toman a sus bebés en brazos para responder a sus necesidades primarias. Pero ¿cuáles son estas necesidades?

Contacto, calor y consuelo: así explica Alessandra Bortolotti, psicóloga perinatal y mamá de dos niñas, Blanca e Irene, de 6 y 3 años, que ha profundizado en esta cuestión en un libro recién publicado. “¿Y si lo envicio? Prejuicios culturales y necesidades irrenunciables de nuestros bebés” es el original título del libro, publicado por la editorial italiana Il Leone Verde y fruto de la experiencia profesional y personal de la psicóloga florentina. Un libro “para las mamás y los niños”, ya que desacredita muchos lugares comunes ligados a los llamados vicios y tranquiliza a las nuevas mamás, animándolas a seguir su corazón y confiar en sus pequeños.    

Alessandra, su libro trata de un tema cuanto menos puntual. ¿Por qué hoy en día la elección de acudir a un bebé con ternura se considera una fuente de “vicios” y por lo tanto se desaconseja?

La nuestra es una sociedad de “bajo contacto”, los adultos que se convierten en papás hoy en día han crecido en una cultura caracterizada por la separación. En los años sesenta llegó la fórmula artificial, evento que fue acogido como una expresión de la emancipación femenina, liberando a la mujer de la “obligación” de estar siempre presente para su bebé y respondiendo a la necesidad de una sociedad basada en la productividad. Los cambios socioeconómicos trajeron consigo una organización diferente del ambiente doméstico; los pisos más grandes han permitido reservar un espacio para el bebé, que ha empezado a dormir en su habitación desde su nacimiento. Se han desarrollado hábitos de cuidado que prevén menos contacto y menos cercanía física entre la mamá y el bebé. Y estos hábitos, poco a poco, se han convertido en la normal socialmente aceptada. Los padres que han recurrido a la fórmula artificial, que han habituado a sus hijos a dormir solos desde muy pequeños y han estado atentos a no “excederse” en mimos y ternura lo han hecho naturalmente con las mejores intenciones, ya que en esos años se creía que ésta era la mejor manera de criar a un niño.

Pero todo esto ha tenido un coste: hemos perdido la afectividad. No a nivel instintivo, sino a nivel cultural. Y todavía hoy, los modelos parentales de “bajo contacto”, que consideran que no se debe tener “demasiado” al bebé en brazos, que le enseñan a dormir solo y que interrumpen la lactancia cuando todavía son bastante pequeños a menudo se consideran necesarios para favorecer el camino hacia la autonomía.

Sin embargo, ¡usted afirma todo lo contrario!

Efectivamente. El cuidado amoroso que los padres ofrecen a sus hijos es una condición indispensable para su bienestar psicológico y físico y representa una garantía de estabilidad emocional para el futuro. Los niños que ven satisfechas sus necesidades de contacto y consuelo crecen más seguros de sí mismos y más confiados al enfrentarse a lo que les rodea. Los estudios que lo demuestran son muy numerosos. En las sociedades donde los modelos parentales admiten más contacto, los bebés lloran un 40% menos, se registran porcentajes de agresividad menores y menor incidencia de suicidios y homicidios. Es una demostración de la importancia del cuidado recibido en la infancia más temprana para el equilibrio emocional –presente y futuro- del individuo.

Los primeros capítulos de “¿Y si lo envicio?” se concentran en el embarazo y el parto. ¿Por qué esta elección en un libro que habla de los “vicios” de los bebés?

Porque el embarazo es un tiempo muy valioso, importante tanto para empezar a construir la relación con el bebé como para informarse a propósito de las necesidades del neonato y, por lo tanto, del “después”. A menudo, las dificultades con las que se encuentran los padres y las madres se ven acentuadas por el hecho de haber alimentado expectativas no realistas. En el imaginario común, el bebé recién nacido “come y duerme”, pero en realidad no es así. Saber de antemano cuál es la normalidad y cuáles son las exigencias de un niño pequeño es, sin duda, de ayuda. Pongamos, por ejemplo, la hora de dormir: no todos saben que los ritmos sueño-vigilia del bebé son diferentes a los del adulto, y que las células nerviosas del pequeño no le permiten dormir “toda la noche” sin despertarse nunca.

¿Esto significa que los despertares nocturnos son la norma y no la excepción?

Los ciclos de sueño del bebé recién nacido son más breves que los de los adultos y, por lo tanto, los momentos en que se pasa de la fase de sueño más profundo (no REM) a las de sueño menos profundo (REM) son más frecuentes. Es en estos “momentos de paso” en los que el bebé se despierta más fácilmente. Un breve desvelo al final de cada ciclo es normal incluso para los adultos, que, sin embargo, vuelven a dormirse inmediatamente (y por la mañana no recuerdan estos desvelos); los bebés, en cambio, tienen necesidad de contacto y consuelo para volver a dormirse. La capacidad de hacerlo de forma autónoma se obtiene de forma gradual, cada uno a su tiempo, entre el tercer y el cuarto cumpleaños. Así pues, lejos de ser una anomalía, los desvelos en los pequeños son incluso necesarios para el desarrollo fisiológico correcto de su sistema nervioso.

Los bebés que tienen trastornos del sueño no son los que se despiertan durante la noche, sino los que no consiguen volver a dormirse incluso horas después de haberse despertado.

Si los padres están preparados, es decir, si son conscientes del hecho de que lo que están viviendo es normal, pueden afrontar esta fase con más serenidad, buscando una solución que permita que toda la familia duerma bien.

Respecto a esto, se ha comprobado que la madre descansa mejor si duerme cerca de su bebé, porque sus ritmos de sueño se sincronizan; es más, continúan estando sincronizados, algo que ya sucedía en el último periodo del embarazo. En este caso, tampoco hay soluciones “universales”, pero recordemos que entre los mitos a refutar se encuentra también la idea según la cual dormir junto al bebé puede interferir con su andadura hacia la autonomía. En muchas culturas es normal que los pequeños duerman con sus padres, sin consecuencias patológicas a corto o a largo plazo.

En el libro, escribe que “los bebés ya vienen con vicios”. ¿Qué quiere decir?

Se trata de una afirmación un poco provocativa para destacar el hecho de que lo que comúnmente se define como vicios son en realidad necesidades fisiológicas del bebé. No es la mamá la que le da al bebé el vicio de estar en brazos o mamar a menudo, o de tener necesidad de sus padres durante la noche… Es el bebé el que nace así. No se trata de hábitos adquiridos, sino de la norma biológica. Es la selección natural la que ha llevado a los niños a buscar el contacto y la protección de los adultos. Más allá de las diversas costumbres y de las distintas culturas, cada bebé en cualquier país del mundo tiene pocas pero fundamentales necesidades: la necesidad de contacto, la de nutrición y la de cercanía. Esto es porque, cuando nace, el bebé no está preparado para afrontar la vida extrauterina: su desarrollo debe continuar fuera del útero, pero en condiciones muy similares a las prenatales; de hecho, se habla de exogestación, es decir, gestación fuera del  útero materno. Así pues, el bebé continúa formando parte de una unidad simbiótica y la madre continúa garantizándole nutrición física y afectiva, como ya sucedía durante el embarazo. Cuando está en sus brazos, o en brazos del papá, el bebé se siente sujeto y contenido, condiciones que le permiten percibir sus propios límites físicos y que responden a sus necesidades de protección, como lo hacían las paredes del útero antes de su nacimiento. Un bebé pequeño necesita la cercanía de su mamá y su papá para sentirse bien, para sentirse seguro. ¡Es normal que sea así!

¿Así que los vicios no existen?

No, los vicios existen, pero no son de los que se habla normalmente. Tener en brazos a un bebé, consolarlo o acoger sus miedos y su necesidad de cercanía y de mimos con ternura, no significa enviciarlo. El discurso de los vicios está ligado a objetos, no a afectos.  

¿En qué sentido?

A veces se tiende a habituar a los niños a recibir regalos y juguetes siempre nuevos para que no le falte de nada, desde el punto de vista material, con el riesgo de transformarlos en pequeños consumidores aburridos y exigentes. Es difícil negarle el juguete de moda “que tienen todos” o establecer reglas de comportamiento –por ejemplo, respecto a la utilización de los videojuegos o la televisión- diferentes a las adoptadas por la mayoría de las otras familias. En algunos casos, los padres tienen que lidiar con sentimientos de culpa ligados a la falta de tiempo para dedicarle al niño e intentan compensar el hecho de no estar presentes tanto como querrían con regalos y bienes “materiales” como demostraciones de su afecto.

A veces incluso se tiene miedo a decir no, y se cae en una permisividad privada de reglas, renunciando al rol de guía, de líder. ¡Pero los niños necesitan unas reglas! Temo mucho a la afirmación según la cual los padres son los mejores amigos del hijo, ya que aboga por una confusión de roles que priva al pequeño de una guía autoritaria de los adultos que ayuda al niño a distinguir los comportamientos deseables de los indeseables; por eso es importante que cada familia identifique qué “extremos” o qué reglas educativas consideran importantes, y que enseñen a los hijos a respetarlas. ¿Cómo? Con el diálogo y con el ejemplo. Las reglas y los límites deben ser explicadas a los niños –utilizando un lenguaje adecuado a su edad y su capacidad de comprensión- y no simplemente impuestas desde arriba. Y con el ejemplo, porque los hijos miran a sus padres y aprenden ante todo de sus acciones.

Así pues, ¿se deben abandonar las teorías que nos alertan acerca de vicios y caprichos?

Hoy en día se tiende a buscar respuestas en manuales o a fiarse de los expertos. En la práctica se delega en los demás y se buscan en el exterior cosas que podemos encontrar dentro de nosotros. En mi libro, nunca propongo métodos o teorías universales. Ilustro lo que son las necesidades y las características del bebé; hablo de fisiología sin ofrecer soluciones prefabricadas. Cada padre y madre, con la información y el apoyo correctos, puede encontrar “su” manera de estar con su propio hijo, de tener una relación con él obteniendo sus propios recursos, ¡que siempre están ahí! Respecto a los expertos, creo que su “utilidad” se encuentra en las situaciones que van más allá de la fisiología. Cuando hay un problema, se recurre al experto competente para ese tipo de problema. Pero respecto a la fisiología, es decir, para gestionar las necesidades normales del niño, la experta es la mamá.

¿Cuál es su consejo para las nuevas mamás que quieren responder mejor a las necesidades de su hijo?

Que estén con su pequeño y se den tiempo para conocerse. En los primeros tiempos después del parto, la sugerencia es que no estén solas y eviten, si es posible, el aislamiento. Que intenten tener contacto con otras mamás. Obtener un poco de ayuda práctica para gestionar las tareas domésticas es también muy útil para poder concentrarse en el bebé y recuperar las energías. En cambio, cuidado con los consejos y recomendaciones de familiares, amigos y conocidos: escuchemos menos a los demás y fiémonos de nuestro instinto y nuestro bebé. Recordemos que nadie conoce a un niño mejor que su madre, ¡que lo ha llevado en el vientre durante 9 meses!  

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