Tengo un bebé de tres meses y me gustaría saber qué puedo hacer para estimularla. Le leo cuentos muy suavemente mostrándole los dibujos del mismo y ella me presta atención, cuando fija su mirada en algún objeto o en mis manos por ejemplo le menciono el nombre del objeto un par de veces captando su atención, le hago masajes después del baño pero no sé que más puedo hacer siendo ella tan chiquita.

Respuesta de Carlos González

Apreciada amiga:
No creo que sea buena idea estimular a los bebés.
A ver, los bebés reciben estímulos, por supuesto. Y es conveniente y necesario que los reciban. Los bebés ven cosas, oyen cosas, sienten cosas. Los padres acarician a los bebés, les hablan, les cantan. Hoy sabemos que todo eso es bueno para el desarrollo de su cerebro. Pero era igual de bueno cuando no lo sabíamos.
Mi madre me cantaba, me acariciaba, y más adelante (cuando yo entendía algo, porque, la verdad, con tres meses...) me contaba cuentos. Pero no decía “voy a estimular a mi hijo”. Lo hacía a veces porque yo lloraba y me quería consolar, otras veces porque yo reía y me quería disfrutar.
Si usted hace eso mismo, lo que han hecho las madres durante millones de años, sólo que ahora, en vez de llamarle “cantar” o “mecer”, le llama “estimular”, pues muy bien, llámele como quiera. Pero para eso no necesita preguntar a ningún “experto” qué más puedo hacer. Créame, todas las madres que en el mundo han sido lo han sabido hacer la mar de bien.
Pero si al cambiar el nombre intenta también cambiar el contenido, si en vez de pensar “voy a consolarla/entretenerla/calmarla/mimarla/jugar con ella” piensa “voy a estimularla, voy a hacer una serie de técnicas que la volverán muy inteligente”, entonces está haciendo una cosa distinta (fíjese en que tradicionalmente las madres no querían estimular a sus hijos, sino todo lo contrario, calmarles y dormirles), una cosa nunca antes experimentada, una cosa tal vez peligrosa. Peligrosa, porque lo que era un placer puede convertirse en una obligación, tanto para usted como para su hija. Peligrosa, porque corre el riesgo de esperar, incluso exigir, que su hija le de algo a cambio: que esté atenta, que se vuelva más inteligente...
Mi madre no hizo nada para que yo me volviera inteligente, porque ya sabía, con absoluta certidumbre, desde el mismo día en que nací, que yo era el niño más listo del mundo. Y el más bueno, y el más guapo. Para eso están las madres.

 

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