Mi bebé y yo

Confesiones de madre

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María Cicuéndez nos habla de la responsabilidad de ser madre y de los peligros que conlleva la maternidad. Reflejar nuestros propios sueños en nuestros hijos no es el camino adecuado. ¡Disfruta de este maravilloso artículo!  

Me sorprendía gratamente ver cómo en un programa de televisión, una madre le pedía perdón a su hija de diez años por proyectar sus ilusiones personales en ella y obligarle a hacer actividades extra-escolares, como baile y canto, que no le interesaban a la niña, sino que hubieran sido el sueño infantil de su madre, que no tuvo acceso a estas posibilidades durante su infancia o careció del valor para realizar sus sueños.

La maternidad es un regalo de la Vida. En un derroche de generosidad magnánima, la Vida sigue generando vida en cada ser vivo, como reflejo de la fuerza vital que habita en cada ser. Cada vez que nace una criatura, un animal, una planta estamos presenciando un milagro de la naturaleza que nos hace plantearnos que cada ser es parte de una misma red invisible que nos une a todos a la Creación.
 

El regalo de la maternidad implica que cada mujer haga una introspección profunda y consciente sobre “el poder” que se le otorga por el hecho de ser madre. Al igual que los gobiernos cuentan con “organismos reguladores” entre cuyas funciones está la de no permitir el abuso de poder de los mismos, dentro de cada mujer hay una vocecita a la que llamamos “conciencia” que nos indica cuando se utiliza la maternidad como herramienta de poder para manipular a los hijos o al esposo con el objetivo de conseguir lo que una quiere para si misma. El famoso “chantaje emocional maternal” debería ser frenado inmediatamente por las propias madres una vez detectado, o en su defecto, por sus respectivas parejas, o por sus hijos ya que cada individuo es libre y no debería someterse a otros por un parentesco mal interpretado. Atreverse a poner límites es un arte a aprender de por vida.
 

En estos momentos en los que los roles femeninos están cambiando vertiginosamente, cada mujer debería plantearse cómo le gustaría que fuera su propia vida, en lugar de, muchas veces, inconscientemente, seguir modelos de sus ancestras o entorno social. La herencia que nos dejaron nuestras antecesoras con respecto a la maternidad, venía a ser, la mayoría de las veces, como el rol que se esperaba de toda mujer. La maternidad no era una elección, sino una forma de vida.Además de implicar la maravilla de experimentar dar a luz y criar a los hijos, la maternidad también se podía convertir en una forma de auto-aceptación, de auto-realización, una carta de presentación social, “una misión de por vida”, que choca de frente con la realidad del “Síndrome del Nido Vacio”, cuando los hijos deciden indepedendizarse y muchas madres se ven obligadas a asumir “una pre-jubilación anticipada”, en sus tareas diarias, generalmente, no deseada…
 
Para muchas mujeres que se pudieran sentir forzadas a casarse y formar una familia o ser unas “solteronas”, la maternidad se podría convertir en una vía de escape de su pareja, o de sus familias, o incluso en “un arma” a la hora de atrapar a su marido bajo sus redes. Cuando la mujer no tenía la posibilidad de ser económicamente independendiente y por tanto, no tenía acceso a desarrollar sus cualidades o aficiones, muchas  veces se veía forzada a proyectar sus ilusiones personales en sus hijos, a vivir a través de sus logros y a hundirse si su hijo fracasaba. Siempre es mucho más “cómodo” reflejarse en otros en lugar de asumir el riesgo de tomar las riendas y la responsabilidad de nuestras propias vidas. La carencia de oportunidades o la falta de iniciativa para aprovechar las que nos llegan, son limitantes comunes a la hora de aprender de la escuela de la vida sin culpar a los demás sobre nuestra forma de vivir.
 

 Basar su auto-estima en los éxitos o en las derrotas de sus retoños conlleva un coste emocional agotador tanto para la propia madre como para el hijo que sufrirá toda la vida por “no ser suficiente para su madre”, cuando sería ella, la única responsable de su propia felicidad. La maternidad mal entendida puede ser un caldo de cultivo de falta de comunicación, fragilidad, soledad y carencia de auto-estima para madres e hijos que tendría como consecuencia que a su vez, los hijos también mantuvieran relaciones de dependencia basadas en la inseguridad.
 

Sin embargo, cada persona tiene la posibilidad de salirse de esta cadena enfermiza de relacionarse. El ser humano tiene la capacidad de orientar su vida de una manera positiva o negativa, eligiendo libremente potenciar alguna de estas dos polaridades. A la hora de ser madre, cada mujer recibe unos dones extras de la vida que le impulsan hacia dar todo su amor y capacidad de protección hacia sus hijos. No obstante, si la madre carece de nutrición por parte de su propia madre, podría transmitirle a su bebé sus propias carencias afectivas.
 

Conlleva mucha humildad y mucha sinceridad, pararse a reflexionar sobre una misma y tomarse el tiempo de conocernos en profundidad para poder vivir la escuela de la maternidad con una actitud positiva y carente de expectativas en nuestros hijos. Dar a luz es un acto de amor y esa luz que llevamos dentro cada mujer debería hacerse cada vez más grande y más luminosa, más generosa para poder ser faro de nuestras propias vidas y por tanto también de la de los hijos que concebimos pero que no nos pertenecen, ya que son criaturas de la Vida…


Maria cicuendez

MARIA CICUENDEZ LUNA es Periodista, Maestra de Reiki (Usui Shiki Ryoho), Terapeuta de Sonido, Cristaloterapia y Esencias Florales (clases y terapias).
Más información:
mariacicuendez.webs.com
mariacicuendezluna.blogspot.com




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