Mi bebé y yo

Javier Urra: “Un niño de 9 años debe ir al funeral de su abuelo aunque, seguro, llorará mucho”

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Javier Urra, psicólogo y Defensor del Menor de la Comunidad de Madrid entre 1996 y 2001, nos habla de cómo educar a nuestros hijos para que sean capaces de afrontar las adversidades de la vida.

Su último libro se titula Fortalece a tu hijo, una guía para afrontar las adversidades de la vida. ¿Cree que los niños de hoy en día no están preparados para superar las adversidades de la vida?
Estoy seguro de que no están preparados. Pero no es culpa de los niños, es culpa de los adultos que, desde el cariño y el amor a sus hijos, los sobreprotegen. Existe una idea de que el niño no sufra. Antes que nosotros, ha habido psicólogos y pedagogos que se han equivocado mucho  diciendo que había que callar cosas a los niños para evitar el trauma. Por ejemplo, se ha muerto la abuela, el niño tiene 9 años y los padres se preguntan: ¿lo llevamos al funeral? Naturalmente, el niño debe ir al funeral de su abuelo. Por supuesto que, si va, va a llorar y mucho, pero debe ir igualmente, porque tiene todo el derecho a llorar la pérdida de su abuelo y porque llorar es terapéutico. No podemos ocultarle la realidad. La vida es eso. El niño tiene que saber que la vida tiene momentos espectaculares, otros, aburridos, otros, nostálgicos, y otros, duros.
Hay que enseñar a los niños a manejarse en la duda, a manejarse en el conflicto, a manejarse en la ruptura, porque todo es parte de la vida.

¿Tenemos que llevar a un niño de 10 años a un hospital? Sí, claro. ¿Para qué? Para que vea que hay muchos niños enfermos. El niño aprenderá a saber lo que es importante. Tener salud es algo importante, porque somos vulnerables y no hay ninguna garantía de que mañana vayamos a estar bien.
Si al niño lo metes en una urna de cristal, cuando las cosas se pongan difíciles, será como el cristal, que es muy duro, pero muy frágil. Con un golpe, acaba rompiéndose.
Hay que transmitir a nuestros hijos que somos vulnerables, pero, ante una desgracia o un impacto vital, tenemos armas para readaptarnos a la nueva situación. Contar con esas armas no va a evitarles sufrir. Es decir, van a recibir la bofetada igual, pero tendrán más posibilidades de salir adelante.

¿Cómo se le explica la muerte a un niño de 6 ó 7 años?
Creo que todo niño debe tener una mascota. Puede ser un perro o puede ser una tortuguita. Con una mascota, el niño aprende que hay que cuidarla, que hay que darle de comer, que hay que darle cariño, que, a veces, una mascota se pone enferma y llega un día en que se muere.
Si se rompe el móvil o cualquier otra cosa, el papá va y compra otro. Cuando se te muere una mascota, no vale decir: "Voy y me compro otro". 
El niño se va a dar cuenta que entre él y la mascota hay un vínculo que no se puede reproducir comprando otra mascota. Ese animal es único. La pérdida forma parte de la vida. Hay que comprender que a veces una persona desaparece. ¿Cómo contarlo? Pues para eso están los cuentos, las películas, los materiales didácticos, y nuestra propia experiencia. Muchas veces, los niños callan y piensan, no se atreven a hacer preguntas, pero captan. Lo que no se puede o no se debe hacer es decir: “El abuelito se quedó dormido”, porque al niño lo confundimos y piensa: "¡¿A ver si me voy a quedar dormido yo?!".


-¿Cómo se educa a un niño para que sea una persona fuerte?
Lo primero es evitar caer en la dinámica de “dejar hacer”. El “dejar hacer” es el peor sistema educativo que existe. Un niño necesita pautas. Cuando le cuentas un cuento, al día siguiente, te pide que se lo cuentes igual que el día anterior. No quiere que le cambies las palabras porque necesita tener límites. Necesita unos horarios para irse a la cama, aunque sea para saltárselos. Necesita estar estructurado, sino se libertiza.
Hay que educar en los valores fuertes: la lealtad, el compromiso, lo humilde, lo sencillo, la compasión, el perdón…
Creo que hay que feminizar la sociedad, no afeminar, feminizar, hacerla más sensible. La portada del libro es así porque yo pedí que pusieran un hombre con un hijo. Al ver la palabra fortaleza unida a la imagen de un padre con su hijo, se puede entender que lo que quiere es muscular a su hijo, y es así, pero muscular emocionalmente. Muscular en lo sensible, en la sonrisa, en relativizar... Hacer un niño más elástico, más flexible, le dará una vida donde las bofetadas, que las va a recibir, no van a hundirle. Hay que poner a los hijos de cara a la realidad, porque los queremos.


¿Qué les diría a todas esas madres que tienen un niño de seis años y dicen: “Lo siento, no puedo con mi hijo”?
La expresión “no puedo con mi hijo” es inaceptable. Es una frase impotente y lo terrible es que hay madres y padres que la dicen delante del niño. Te dicen: “Yo es que ya no puedo con este niño”. Eso no se puede decir, porque no se puede pensar, ¿cómo no vas a poder siendo un adulto? Si tiene una rabieta, que no la gane. Que esté llorando toda la tarde, si quiere estarlo. Pero ese pulso lo vamos a ganar nosotros como adultos. El niño se tiene que dar cuenta de que da igual tirarse tres minutos que 32 horas llorando, porque va a conseguir lo mismo. "He dicho que no voy a comprar eso y no lo voy a comprar". Una vez que el niño ve que con el chantaje de la rabieta no consigue lo que quiere, estamos en el buen camino.

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Comentarios (5)

Invitado - invitado
Totalmente de acuerdo. Soy madre de gemelas y maestra de educación especial pero además, soy hija de unos padres que me explicaron sin tapujos la verdad de las cosas, el esfuerzo y los sacrificios, de dónde venía y adonde iba el dinero de casa y que las normas de educación forman a la persona para que sea un hombre o una mujer de futuro y con personalidad. Porque no vamos a estar ahí toda la vida para hacer de parapeto de nuestros hijos sino que tendrán que aprender a poner las manos delante de la cara ellos solos. Adoro a mis hijas, no quisiera que nada malo les ocurriera nunca pero yo que he perdido a mi madre en los momentos que más habríamos disfrutado (mis niñas tenían 5 meses) se que la vida es corta e imprevisible. Por eso me gustaría que este tipo de información se divulgara más porque estamos rodeados de niños débiles con padres/madres que no educan, sólo miman. Gracias, Javier.
Invitado - invitado
Totalmente de acuerdo en todo. Los niños son niños y necesitan que se les marquen pautas, que se eles enseñe el camino, que se le pongan límites siempre claro está entendido desde el cariño. Nadie como nosotros les podrá corregir mejor. Yo quisiera ser la mayor crítica de mis hijos, porque estoy segura que sería la persona que iba a corregirlos con más cariño en el mundo.
Invitado - invitado
El niño se tiene que dar cuenta de que da igual tirarse tres minutos que 32 horas llorando, porque va a conseguir lo mismo. "He dicho que no voy a comprar eso y no lo voy a comprar". Una vez que el niño ve que con el chantaje de la rabieta no consigue lo que quiere, estamos en el buen camino. QUE HORROR!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!! BASTA DE ESTA CRIANZA IRRESPETUOSA PARA QUE TRAER HIJOS AL MUNDO SI PENSAMOS QUE TODOS SERAN TIRANO
Invitado - invitado
Hola, me parece muy bien todo lo que aconseja el Doctor Javier Urra. Pero, qué me puede aconsejar en mi situación? el padre va a entrar en prisión dentro de no mucho, y por bastante tiempo. ¿Qué debo decirle? Agradecería mucho me diera su opinión.
Invitado - VeronicaCora
Javier Urra tiene toda la razón cuando dice que no se debe decir: “El abuelito se quedó dormido”, porque al niño lo confundimos y piensa: "¡¿A ver si me voy a quedar dormido yo?!". A mí me sucedió algo parecido. Cuando un primo mío, de 8 años, me preguntó dónde estaban mis padres. Le respondí que "estaban en el cielo" y me pregunto "¿por qué no bajan?". Fue entonces cuando, con toda mi buena voluntad, le dibuje un mundo maravilloso en el cielo. El niño se quedo pensativo y algo entristecido. La madre le preguntó: "¿qué te ocurre, hijo?" y él respondió el fruto de sus cavilaciones: "Mamá, yo quiero morir para ir al cielo". Sorprendida, la madre le preguntó: "¿por qué quieres ir al cielo?". Él le contestó que "en el cielo había nubes, globos, chuches, juguetes..." Ahora, como madre, sé que esta anécdota ejemplifica muy bien la necesidad de evitar disfrazar la verdad con ropajes falsos.