Mi bebé y yo

El canto del ruiseñor

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Un día muy lejano, llegó al bosque un ruiseñor. Se quedó en una rama, construyó su nido y empezó a hacer su vida en aquel maravilloso lugar lleno de árboles de ricas bayas y de deliciosos insectos.

Una tarde, hacia el crepúsculo, el ruiseñor empezó a cantar. Su voz, líquida y pura, se elevó en el aire, armoniosa y dulce. Los pequeños animales que vivían en el bosque se quedaron encantados por aquella música vibrante y empezaron a poner por las nubes al ruiseñor, definiéndolo como un gran, grandísimo artista. Era sorprendente que un pájaro tan pequeño demostrase un talento tan grande. Sin embargo, los demás pájaros no estaban muy contentos con el éxito del ruiseñor. La corneja sentía mucha rabia y volaba de tronco en tronco diciendo a todos con los que se encontraba:
“¿El ruiseñor un artista? Pero, ¿estáis todos tontos? ¡Su canto es débil y desentonado, se parece al de los asnos y no a música celestial! A quien le guste no debe estar muy bien de la cabeza”.
Convencer a alguien de algo que le gusta no es muy difícil, por lo que todos los pájaros del bosque, humillados por la habilidad del ruiseñor, dieron la razón a la corneja y empezaron a reírse y a denigrar al ruiseñor. Le hicieron blanco de sus burlas más crueles y contaron a todo aquel con el que se encontraban que había llegado un pájaro al bosque que tenía la voz parecida a rebuzno de un asno. El ruiseñor no podía defenderse: el afecto y la admiración que le demostraban los demás animales del bosque no le bastaban para rebelarse al comportamiento injusto de todos los pájaros y, por ?tanto, con la esperanza de aplacar su rencor, ya no cantó más.
La historia del pajarito que tenía la voz como la de los asnos llegó incluso a oídos del águila real, que vivía en la cima de una montaña y que gobernaba a todos los pájaros del bosque.
“¿Cómo es posible que en el reino de los pájaros haya alguno que cante mal?”, se preguntó la sabia reina cuando oyó esta historia. Y quiso ir al fondo de la cuestión. Convocó a todos los pájaros del bosque y, cuando los tuvo reunidos, mandó llamar al pequeño ruiseñor.
“Canta para mí”, le dijo amablemente, “me gustaría ser yo quien juzgue tu voz”.
Entre los presentes se hizo un silencio inquieto. El ruiseñor miró al águila y después se armó de valor y cantó. Las primeras notas entraron en el aire ágiles y ligeras, y después el canto cogió fuerza y se elevó muy alto y muy limpio, rico de emocionantes matices y lleno de una maravillosa armonía.
El águila escuchaba atenta, disfrutando con la música y, al mismo tiempo, reflexionando sobre aquello. Cuando el ruiseñor terminó de cantar, le dijo:
“Eres estupendo y tu voz es soberbia. Evidentemente, has sido víctima de una horrible calumnia”.
Buscó con la mirada a la corneja, que fue la primera que denigró al ruiseñor, y la invitó a cantar. El pobre pájaro abrió el pico y de él salió una voz desagradable y desentonada, que recordaba al rebuzno del asno. El águila, con expresión peligrosamente seria, dijo:
“Estoy contenta de saber que en nuestro reino no circulan mentiras calumniosas, sino sólo la verdad. Existe entre nosotros un pájaro que tiene la voz muy parecida al rebuzno de un asno. ¡Eres tú, corneja, ese pájaro! Te invito, por tanto, para no ridiculizar a todo nuestro reino, a callar para siempre. En cuanto a ti, ruiseñor, te pido que cantes cada vez que lo desees, mejor si es al anochecer. Tu espléndida voz hará que reine la paz y la serenidad entre todos los habitantes del bosque”.
Después, la justa reina alzó el vuelo, hacia las altas cimas en las que se encontraba su refugio secreto.

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