Mi bebé y yo

El topito fanfarrón

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Había una vez, un pequeño topito que estaba resguardado debajo de una planta, que estaba situada en un pequeño y bonito oasis que había en el desierto.

Era un pequeño topo miedoso, que intentaba sobrevivir al tórrido clima del lugar y a los asaltos de los animales feroces, sin desear nada más que salvar la piel y encontrar algunas gotas de agua y un poco de comida. En un momento dado, el descanso del topito se vio interrumpido por un susurro. El topito se despertó y vio, a pocos pasos de él, un majestuoso, gigantesco león, que se encontraba junto al oasis buscando un poco de frescura. El topito se sintió perdido. El león le hubiera podido alcanzar de un solo salto, hubiera abierto sus gigantescas fauces y para él hubiera sido el fin. Permaneció muy quieto, bajo las hojas, sin ni siquiera tener el valor de respirar. Su corazoncito latía tan fuerte que, a poca distancia, se hubiera podido oír. Aquel fue el peor cuarto de hora de su vida; se sentía impotente, indefenso y tembloroso. Después, el león se levantó y se dirigió hacia él: era el final. Cerró los ojos y esperó. Pero el león, después de haberse levantado, dio un enorme bostezo (con rugido incluido) y se alejó. ¡Qué suerte! El topito, que se había quedado de piedra, lo vio alejarse en el horizonte. Al cabo de otro buen cuarto de hora, consiguió recuperarse del susto e hizo dos o tres carreras de alegría. Después, se fue a buscar a la vieja liebre, que era su amiga. Cuando finalmente la encontró, le dijo:
“Hola, liebre miedosa. A partir de hoy, podrás alardear de ser mi amiga y de hablar conmigo. Hoy, me he hecho amigo de un león. Hemos estado muy cerca durante un rato y hemos estado muy bien. Es un animal amable, muy inteligente y culto: hemos descubierto que tenemos muchas cosas en común y muchos gustos parecidos”.
La liebre se conmocionó tanto que de sus grandes ojos empezaron a salir un montón de lágrimas:
“Estoy realmente orgullosa de ti”, le dijo al topito. “Y te agradezco que sigas confiando en mí, a pesar de que tú ahora tienes un amigo tan potente y prestigioso”.
El topito aceptó, pavoneándose, todos aquellos cumplidos y después, no contento, le dijo:
“Es cierto: un tipo como yo, con amistades de tan alto nivel, no suele tener relaciones con gente humilde. Pero yo soy un ser superior y te seguiré hablando”.
La liebre, confundida y conmocionada, se lo agradeció. Pobre liebre: ¡era de aquellas que se creían a quien se marcaba faroles, ¡como a este topito fanfarrón!

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