Mi bebé y yo

El pequeño dragón

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Hace muchos, muchísimos años, en la selva del Amazonas, vivían dos dragones marido y mujer. Se querían mucho, pero todo el día se estaban peleando y no hacían más que despreciarse.

A pesar de ello, decidieron tener un hijo. El nacimiento de su pequeño hijo dragón, en lugar de traerles la armonía, aún hizo que se mostrasen más intolerantes. Las peleas y las discusiones se multiplicaban, hasta que un día se produjo una bronca más fuerte de lo normal. Una bronca tremenda que los llenó de rabia y que les empujó a alejarse de la selva y a tomar caminos diferentes para no encontrarse nunca más. Lamentablemente, la ira les había cegado tanto hasta el punto de olvidarse de su hijo, el pequeño Dragón Tulip. Tulip se quedó solo en la inmensidad de la selva, totalmente inconsciente de su extraordinaria fuerza y de su terrorífico aspecto. Era un dragón con una cresta puntiaguda, dos enormes alas y con unas extremidades increíblemente robustas. Tenía el cuerpo cubierto de escamas, los ojos rojos y una poderosa nariz de la que podría salir una enorme lengua de fuego. Pero Tulip ignoraba todo esto: era una dragón niño, con mucho miedo, tímido e introvertido. Para sobrevivir, se alimentaba de bayas, frutos y pequeñas hojas verdes: no le gustaban mucho estos alimentos, pero no sabía que se podría haber comido una boyada entera, como si se tratase de una bandeja de pasteles y, además, no tenía la mínima idea de cómo conseguir una comida diferente y más adecuada a sus necesidades. Sin embargo, su corazón sentía que el mundo podía extenderse más allá de la selva, y así un día decidió abandonar su refugio e ir a mirar por los alrededores. Empezó a caminar lentamente, porque su fuerte y voluminoso cuerpo no le permitía moverse con agilidad, observando todo lo que le rodeaba. En un momento dado, vio a lo lejos un enorme animal con una gran melena (se trataba de un león) que se estaba comiendo ávidamente una liebre. “Esto es lo que yo necesitaría”, pensó Tulip. “Encontrar una presa así y después comérmela en paz”. Entonces, empezó a explorar la zona hasta que vio en el suelo una silueta inmóvil, parecida a la de la liebre que poco antes había visto acabar en las fauces del león. Se acercó, dio un torpe salto con la boca abierta, pero, pobrecito, sólo consiguió darse en el suelo con los cuatro dientes. La silueta sólo era una gran piedra. Dolorido y mortificado, empezó a vagar hasta que vio a un gran ardilla voladora en la rama de un árbol. Rápidamente comprendió que podía tratarse de un delicioso tentempié para él y empezó a escalar el tronco del árbol en el que estaba la ardilla, que se disponía a saborear una apetitosa bellota. Cuando estaba arriba, se acercó a la rama desde la que pensaba saltar, pero ésta se rompió bajo el enorme peso del dragón y el pobre Tulip cayó al suelo de una manera estrepitosa. Se le cayeron otros cuatro dientes. Lleno de descontento, reemprendió su camino, comiendo alguna baya para mantenerse en pie. Después de horas y horas caminando, se sintió atraído por el trino de un pájaro. Miró hacia arriba y vio a pájaro revoloteando por el cielo, entre las ramas de los árboles. Entonces, se acordó de que tenía dos alas y decidió utilizarlas. Las abrió y dio un salto, sin darse cuenta de que la apertura de sus alas era tan amplia que no le permitía pasar entre las ramas de los gigantescos árboles. Se quedó trabado en las ramas y para poder liberarse tuvo que cerrar las alas. Por tanto, cayó nuevamente al suelo, de morros, perdiendo otro puñado de dientes. Entonces, empezó a llorar desesperado: “Todos son más fuertes e inteligentes que yo. Yo soy el más débil y estúpido de todos los animales del mundo”. Se lamentaba el pequeño dragón, llorando. Precisamente en aquel momento, pasaba por allí Polion, un jovencito holgazán al que su padre hacía poco le había echado de casa, como castigo. A Polion no le gustaba trabajar: sólo quería dormir y e ir a jugar con sus amigos, y confiaba en que, antes o después, una buena estrella le traería riqueza, fama y suerte. Tulip se quedó aterrorizado al ver a un ser humano, pero Polion aún se asustó mucho más, si puede ser, al encontrarse de frente con un dragón tan grande y, en apariencia, tan amenazador. Se miraron durante algunos instantes en silencio y después Tulip no resistiendo el miedo y con un tono muy humilde y sollozante le dijo:
“Te ruego que no me hagas daño. Sólo soy un pobre dragón débil y estúpido. Con pocos dientes. ¡Perdóname la vida, por favor!”.
Polion era muy pillo y comprendió rápidamente que podría beneficiarse de este singular encuentro con un dragón inconsciente de su fuerza y majestuosidad. Y así le respondió:
“Yo soy un hombre fuerte y potente, y todos me tienen miedo”. Sin embargo, no puedo volar. Si tú consientes en llevarme sobre tu espalda, yo te protegeré siempre”.
A Tulip no le parecía verdad escuchar una propuesta similar.
“Gracias, gracias...”, respondió. “Acepto. Pero debes estar muy atento porque yo soy muy débil y estúpido y todo me da miedo”.
“No te preocupes”, le dijo el joven, “de ahora en adelante, estarás bajo mi tutela y nadie osará hacerte daño”.
Dicho esto se subió a la grupa del dragón, le condujo a un prado sin árboles y le ordenó que abriera las alas y que emprendiera el vuelo. El dragón se elevó del suelo y alcanzó el cielo. Polion le guiaba, indicándole la dirección y dándole consejos sobre cómo debía mover las alas. Así, llegaron al pueblo en el que vivía Polion. La gente lo vio aterrizar y, maravillados y aterrorizados, vieron cómo el joven bajó de la grupa del dragón.
Paralizados por la sorpresa y por el miedo, todos esperaron a que Polion dijera algo. El joven susurró algunas palabras a las orejas del dragón (le dijo que estuviera tranquilo), después llegó hasta donde estaba la gente y pronunció el siguiente discurso.
“Queridos amigos, he tomado como prisionero a este terrible dragón que quería invadir nuestro pueblo y destruirnos. Ahora, está a mi merced, pero es necesario que esté tranquilo. Sobre todo, traerme carne para saciarlo”.
Todos empezaron a correr muertos de miedo y, en un santiamén, decenas de personas volvieron con un montón de carne para ganarse la confianza del dragón. Polion cogió la comida para su amigo, les dio las gracias y dijo a su gente que volviese tranquilamente a sus casas.
“La situación está bajo control”, les dijo. Todos le aplaudieron con gratitud y empezaron a murmurar que se trataba de un auténtico héroe. Polion fue donde estaba el dragón y le enseñó la suculenta comida.
“Tengo miedo”, dijo Tulip, “esa gente me quiere hacer daño y yo no soy capaz de defenderme. Ayúdame...”.
“¿No has visto que yo les mando a todos?”, le dijo Polion.
“Come y alégrate. Nadie te hará daño mientras estés bajo mi protección”.
El dragón, ahora más seguro, empezó a degustar la comida más decente que había probado en toda su vida. Cuando acabó dijo, con lágrimas en los ojos:
“Gracias, amigo mío. Sin ti no hubiera podido vivir. El mundo no está hecho para los estúpidos y débiles como yo. ¡Dime que nunca me abandonarás!”.
El pillo Polion le dijo muy cálidamente:
“Nunca te abandonaré. Te lo prometo. Yo soy muy fuerte y potente, y todos me temen, pero si prometo protección a alguien nunca rompo mi promesa”.
Pasaron los días y la fama del joven que había domado a un terrible dragón, salvando a la gente del pueblo de la ruina y de la destrucción, se difundió como una mancha de aceite, hasta que llegó al pueblo un mensajero del rey. Se había organizado un concurso en el que podían participar todos los jóvenes que destacaran por su valor y que fueran considerados héroes. La princesa Luna se casaría con quien superara tres dificilísimas pruebas. Todos los habitantes del pueblo animaron a Polion a participar en el concurso. ¿Quién sino él hubiera podido superarlo? Nadie. Por tanto, Polion se dirigió hacia el castillo en el que vivía la bellísima princesa Luna. Cuando la princesa le recibió, se quedó admirado frente a la doncella, de cabellos rubios y piel tan blanca, como la luna. La princesa le miró con curiosidad y después le dijo:
“¿Qué quieres?”.
“Yo soy el hombre más fuerte de la tierra”, le respondió Polion. “Ponme a prueba y te convencerás sin ninguna sombra de duda. Después, podré ser tu esposo”.
“Muy bien”, dijo la princesa, “pero debes saber que las pruebas que tienes que superar son muy difíciles. Quiero que recuperes para mí mi diadema de perlas y diamantes. Una diadema que permite a quien la lleva leer el pensamiento de los demás. Me la robó un horrible ?mago que vive en la cima de la Montaña de las Águilas.
“Entendido”, dijo Polion y se despidió con una reverencia. Llegó hasta donde estaba Tulip, que le esperaba impaciente en un claro del bosque y que le recibió con un lamento:
“Me has dejado solo durante un montón de tiempo y ya sabes que tengo miedo si no estás junto a mí”.
“No debes temer nada; ¿cuántas veces te lo tengo que decir? Tranquilo y escucha. Ahora, tengo que hacer un trabajo en la cima de la Montaña de las Águilas y tú me debes acompañar...”.
“No, no, te lo pido...”, gimió el dragón, “tengo mucho miedo a la Montaña de las Águilas”.
“Calla y confía en mí”, le respondió Polion, que se subió a la grupa y que le guió hasta las altísimas cimas llenas de nieve y en las que hacía mucho viento. Allí estaba la casucha del horrible mago que estaban buscando. Polion dijo al dragón que se acercara al tejado y le ordenó:
“¡Ahora, da un fuerte golpe de cola!”.
“¡Tengo miedo!”.
“¡Obedéceme y no te sucederá nada!”.
Temblando por el miedo, Tulip obedeció a su protector: en un ?momento, el techo salió despedido y las pareces de la casucha cedieron. El mago se quedó paralizado por la sorpresa y Polion se aprovechó para coger rápidamente la diadema que estaba entre los escombros. Después, de un salto, volvió a la grupa de su asustado dragón y le dijo que alzase el vuelo para volver al solitario claro del bosque, que le había elegido como domicilio. Una vez allí, Polion se dirigió hacia el castillo de la princesa Luna, con la diadema envuelta en un manto. Cuando llegó ante ella, se arrodilló y le dijo:
“He aquí lo que me has pedido, Luna”.
La princesa se quedó estupefacta. Cómo había podido conseguir la diadema en tan poco tiempo era un misterio. Intentó esconder su sorpresa y le dijo:
“Admito que has sido muy hábil. Pero aún tienes que superar dos pruebas si te quieres casar conmigo”.
“Vale. Pero, mientras tanto, debes contentar una petición mía. Necesito comida para un dragón que tengo prisionero, porque, de lo contrario, podría ponerse muy furioso, no contra mí, porque me ?teme, sino contra todos los habitantes de tu reino”.
“Muy bien: te daré carne para tu feroz bestia. En cuanto a las pruebas, éstas son: debes arrancar los miles de árboles que hay en la Selva Encantada, en cuyas raíces habitan genios malignos que asustan a mis súbditos. Después, debes alejar del Bosque de las Zarzas a las fieras salvajes que viven allí y que, de vez en cuando, ?estropean los campos y asaltan a los campesinos del lugar”.
“¡Hecho!”, prometió con solemnidad Polion. Después, con la acostumbrada reverencia, se despidió de la bellísima princesa hacia la cual ya sentía crecer, día tras día, un sentimiento de amor.
Corrió hacia la Selva Encantada y ató miles de gruesas cuerdas a los miles de troncos. Después, fue a ver a su singular ayudante, el dragón miedoso, y le condujo consigo a los márgenes de la Selva Encantada. Allí le dijo:
“Esta noche debo hacer un trabajo muy cansado. Pero tú podrías echarme una mano, aunque el grueso del esfuerzo me afecta sólo a mí”.
“Pero, ¿cómo puedo ayudarte si soy tan débil?”, le dijo el dragón.
“Mira, es una cosa muy fácil. Tira de cada una de estas cuerdas. El resto ya lo haré yo”.
Tulip, humilde y obediente, hizo lo que Polion le pedía, sin darse cuenta de que a cada tirón arrancaba un enorme árbol. Al cabo de pocas horas, la Selva Encantada ya no existía: en su lugar, había miles de troncos abatidos.
“Ahora, llévame volando al Bosque de las Zarzas”, le dijo Polion al dragón.
“No, no quiero ir. Tengo demasiado miedo. Sé que allí hay bestias feroces que podrían matarme”.
“Haz lo que te digo”, le animó Polion. “Como ya has visto, conmigo no tienes nada que temer”.
Subió a la grupa del dragón, que batiendo las alas se dirigió hacia el bosque. Cuando alcanzaron las cimas más altas de los árboles, Polion pidió al dragón que bajara lo más posible. El dragón obedeció y, al cabo de un instante, el bosque se animó. Centenares de bestias feroces empezaron a huir disparadas, aterrorizadas al ver al dragón, de cuyas narices, debido al miedo, salían llamas de fuego. Las fieras corrían y corrían, para alcanzar una zona más segura: nunca más se irían a vivir a un lugar que pudiera ser alcanzado por un dragón tan fácilmente.
“¿Ves, amigo mío, cómo me temen?”, le dijo Polion a Tulip.
“Sí”, respondió el pobre dragón.
“Hoy, has tenido la prueba de mi fuerza. El mundo es malo y cruel, y cualquiera te podría hacer daño. Eres un privilegiado y, mientras estés bajo mi protección, estarás al salvo. Sin embargo, debes prometerme que nunca te alejarás del claro del bosque sin mí. Yo, en cambio, cada noche te traeré riquísima carne para que comas”.
Tulip asintió conmovido. Entonces, Polion le pidió que le llevase al castillo y que después volviera a su refugio. Llegó al castillo al anochecer y fue a ver a la princesa acompañado de dos doncellas.
“Ya ves, bellísima princesa Luna. He cumplido tus deseos. Los genios malignos ya no tienen raíces en las que vivir: esta noche he arrancado para ti miles de árboles. Las fieras feroces han huido del Bosque de las Zarzas: sólo tienes que enviar a tus siervos para que vean que te digo la verdad”.
“Te creo, leo la sinceridad en tus ojos, junto a tu extraordinario valor”, susurró la princesa Luna al listísimo Polion. “Por tanto, seré tu esposa, tal y como tú deseabas”.
Y así se celebró una boda fastuosa: los bailes, los cantos y los banquetes duraron tres días y tres noches, pero nunca, a pesar del clima de alegría, Polion se olvidó de llevar comida a su ingenuo amigo, el pobre miedoso dragón Tulip, el auténtico artífice de su fortuna.

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